La Fortuna favorece a los audaces
Hoy finalicé (de nuevo) la lectura de 'Alejandro Magno' (Mary Renault, Ed. Salvat, 1998). Conozco bien la historia, pero siempre me conmueve. ¡Tan extraordinario me parece Alejandro!
Alejandro tenía una personalidad que aún hoy le hace admirable. Su deseo de conocer, explorar y mejorar lo que encontraba le convirtió en uno de los grandes de la Historia (quizás en el más grande). Su tenacidad, su pragmatismo, su capacidad de improvisación, le convirtieron en el conquistador que todos recuerdan.
Pero fue su forma de ser la que le convirtió en leyenda. Respetuoso y tolerante con los demás, independientemente de su origen -a pesar de las críticas que ello le supuso, ya que en aquella época se consideraba una extravagancia-, compartía siempre su sufrimiento con sus hombres, reconoció sus errores -las pocas veces en que se dejó llevar por sus impulsos- y fue más implacable consigo mismo de lo que lo hubiera sido cualquier juez, fue agradecido con todo el que hizo algo bueno por él y dio a sus amigos cuanto pudo. Solo en una ocasión alardeó ante el mundo de su poder: en la muerte de su alter ego, de su amigo Hefestión, al que dedicó un funeral acorde con el cariño que le profesaba.
El valor que Alejandro concedió a la amistad, aún a pesar de equivocarse en ocasiones, es algo extraordinario y maravilloso a mi parecer. La bondad y el cariño que siempre mostró a sus amigos (a pesar de sufrir decepciones como las proporcionadas por Filotas o por Hárpalo, nunca dejó de confiar) es uno de sus rasgos más admirables.
Con él he querido iniciar este blog -agradecer de paso este libro al viejo amigo que me lo regaló- y aprovechar para decir a los amigos que, a pesar de la distancia, a pesar de que el tiempo ha pasado y en el que tal vez no hemos hablado, a pesar de todo ello, no les olvido. Nunca lo haré.
Alejandro tenía una personalidad que aún hoy le hace admirable. Su deseo de conocer, explorar y mejorar lo que encontraba le convirtió en uno de los grandes de la Historia (quizás en el más grande). Su tenacidad, su pragmatismo, su capacidad de improvisación, le convirtieron en el conquistador que todos recuerdan.
Pero fue su forma de ser la que le convirtió en leyenda. Respetuoso y tolerante con los demás, independientemente de su origen -a pesar de las críticas que ello le supuso, ya que en aquella época se consideraba una extravagancia-, compartía siempre su sufrimiento con sus hombres, reconoció sus errores -las pocas veces en que se dejó llevar por sus impulsos- y fue más implacable consigo mismo de lo que lo hubiera sido cualquier juez, fue agradecido con todo el que hizo algo bueno por él y dio a sus amigos cuanto pudo. Solo en una ocasión alardeó ante el mundo de su poder: en la muerte de su alter ego, de su amigo Hefestión, al que dedicó un funeral acorde con el cariño que le profesaba.
El valor que Alejandro concedió a la amistad, aún a pesar de equivocarse en ocasiones, es algo extraordinario y maravilloso a mi parecer. La bondad y el cariño que siempre mostró a sus amigos (a pesar de sufrir decepciones como las proporcionadas por Filotas o por Hárpalo, nunca dejó de confiar) es uno de sus rasgos más admirables.
Con él he querido iniciar este blog -agradecer de paso este libro al viejo amigo que me lo regaló- y aprovechar para decir a los amigos que, a pesar de la distancia, a pesar de que el tiempo ha pasado y en el que tal vez no hemos hablado, a pesar de todo ello, no les olvido. Nunca lo haré.

