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Muy estimado:
Nueva York es una ciudad increíble. Una ciudad de ciudades, de culturas, de razas distintas. Acogedora, dinámica, preciosa. Una vieja conocida para una cinéfila empedernida.
En estos pocos días de visita el tiempo cundió bastante, y eso que la ciudad parece interminable. Tuvimos oportunidad de entrar en el MOMA (¡qué caro es!: la entrada vale 20 dólares), el Metropolitan Museum of Art y el Museo de Historia Natural. Los tres son impresionantes. De la colección del MOMA me sorprendió la cantidad de obras de Picasso que custodia, y me encantó ver de cerca, entre otras, algunas obras de Andy Warhol que tantas veces había visto en las páginas de los libros.
El Metropolitan me gustó mucho, no sólo por sus pinturas y sus fondos egipcios (en sus instalaciones puedes encontrar, entre otras, una tumba reconstruida, y un templo), sino fundamentalmente por las recreaciones de habitaciones francesas, venecianas, etc. de los siglos XVII, XVIII… Incluyen paredes, techos, suelos, mobiliario, etc., y solo faltan las personas vestidas de época. Estupenda inspiración para cualquier director artístico que trabaje en una película como “Las Amistades Peligrosas”, por ejemplo.
¿Has visto la película “Noche en el Museo”? Te acordarás de ella cuando visites el Museo de Historia Natural, también muy espectacular. Tiene incluso una manada de elefantes africanos disecada en medio de una sala y sus numerosas vitrinas emulan cuantos ecosistemas puedas imaginar. Dedica también espacios al hombre y las diferentes culturas y pueblos; y cuenta con unas salas enormes sobre los dinosaurios. Como los otros dos museos, es inmenso y resulta fácil perderse por sus pasillos.
También nos dio tiempo a disfrutar de un musical en Broadway. Logramos comprar una entrada a mitad de precio en unas taquillas que hay en Times Square, para lo que tuvimos que esperar unas dos horitas de cola. La espera mereció la pena. Vimos “Chicago”, que en mi opinión demostró que los musicales de Broadway tienen la fama que merecen.
El domingo fuimos en metro a Harlem para asistir a una misa Gospel. Muchos turistas compartían nuestra misma inquietud, así que también tocó esperar casi tres horas de cola para entrar y conocer de primera mano qué era aquello. Estuvo bien, la verdad, parecía que vivíamos una de tantas películas que retratan estos servicios.
Mención aparte merece Ellis Island, toda una lección para quien quiera saber sobre el sufrimiento, la ansiedad, los miedos…de quien había depositado todas sus esperanzas en una nueva y lejana tierra, en una nueva vida. Por supuesto, el sufrimiento tiene también un enorme espacio en el World Trade Center, que con sus obras sigue recordando lo ocurrido el 11 de septiembre.
Hicimos además la necesaria parada (y compras) en Chinatown y en Little Italy, y pudimos dar un largo paseo por Central Park, un parque maravilloso, lleno de rincones mágicos.
También dedicamos un poco de tiempo al glamour: visitamos algunas de las tiendas prohibitivas de la Quinta Avenida que tanto gustan y entre las que, para mí (es lo que tiene amar el cine) destaca Tiffany. El glamour incluía también una cena en uno de los restaurantes de moda del Soho, donde nos cobraron a precio de oro un plato de espaguetis, y cuyos clientes, puede que de la alta sociedad (yo, como era lógico, no conocía a ninguno), no paraban de saludarse y dedicarse sonrisas, en muchas ocasiones, hipócritas y llenas de cinismo.
Pero lo mejor, con diferencia, de pasear por las calles de Nueva York, además de la belleza de su arquitectura, del contraste (agradable y coherente, aunque parezca increíble) entre rascacielos inmensos y pequeños edificios –sobre todo iglesias, cuya edad se cuenta ya por siglos-, son sus gentes, tan amables, que se desviven por ayudarte cuando les preguntas algo, y que a veces, de paso, aprovechan para conversar contigo y contarte un pequeño trozo de su vida.
Con cariño.


1 Comments:
Y que lejos parece Nueva York cuando hablamos desde Europa, desde el viejo continente. Qué te cuenten algo de su historia parece tan antiguo como nuestra propia historia.
Sea como fuere, Nueva York tiene un encanto distinto, especial, que atrae, no sé si será la mezcolanza de sus culturas, o de que todo el mundo es de fuera, menos los indios, desterrados, muertos o enterrados, que siguen intentando mantener una cultura que fue sucumbida al ostracismo del hombre blanco.
Jau!
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